El fervor de las montañas andinas encontró su hogar en el calor de la capital zuliana. La comunidad del sector Cañada Honda, en la parroquia Cacique Mara, se vistió de fiesta y espiritualidad para celebrar la tradicional Paradura del Niño, una manifestación que no solo marca el cierre del ciclo navideño, sino que refuerza los lazos de fe y vecindad en la región.
Un legado que trasciende generaciones
Lo que hoy es una cita obligada para el sector comenzó como un acto de amor y arraigo de la mano de la señora María Candelaria Terán. Oriunda de Santa Ana de Trujillo, la recordada matrona trajo consigo sus raíces al asentarse en Maracaibo, iniciando una tradición que hoy, tras su partida, su familia mantiene más viva que nunca.
Actualmente, su hijo Víctor Azuaje Terán lidera la organización de este evento comunitario. Gracias a años de constancia, han logrado que la Paradura del Niño sea un símbolo de identidad para quienes, aún lejos de las cumbres andinas, mantienen intacta su devoción en tierras marabinas.
Testimonio vivo de la cultura venezolana
Más allá de la festividad religiosa, esta celebración se erige como un archivo histórico invaluable. La Paradura en Cañada Honda documenta el fenómeno de la migración interna en Venezuela, mostrando cómo los valores, la gastronomía y la fe de los Andes se han adaptado al contexto zuliano sin perder su esencia original.
Esta práctica actúa como una herencia inmaterial transmitida de padres a hijos. Al recrear cada paso del ritual, la comunidad no sólo rinde culto a lo divino, sino que salvaguarda la memoria colectiva, asegurando que el patrimonio cultural andino permanezca vigente a través del relevo generacional.
Es una celebración de profunda manifestación de fe católica. El acto central consiste en poner de pie a la imagen del Niño Jesús del pesebre, simbolizando que ya puede caminar y bendecir cada hogar.
«Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis; porque el reino de los cielos e quienes son como ellos» — Mateo 19:14
El alma de la fiesta: Entre incienso, música y tradición
La celebración cobró vida con una Eucaristía a cielo abierto, oficiada por el Diácono Ángel Pirela . Señaló que mantener estas raíces en plena ciudad es un acto de resistencia cultural.
Bajo el cielo de la avenida 40 de Cañada Honda, la devoción se fundió con la alegría: el aire se llenó del aroma de los dulces típicos y la sazón andina, mientras el estruendo de los fuegos artificiales marcaba el ritmo de la tarde. Entre acordes de música tradicional, grandes y chicos se unieron en un solo abrazo, demostrando que la identidad nacional se vive y se siente en cada rincón del barrio.



Mercedes Villalobos. CNP. 7.802 – Noti/Imágenes
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