Caracas amaneció distinta. Las calles, acostumbradas al bullicio de vendedores informales y al murmullo de largas colas frente a los mercados, se llenaron de un silencio expectante. La noticia corría de boca en boca: Nicolás Maduro, el hombre que durante más de una década había resistido sanciones, protestas y aislamiento internacional, finalmente había caído.

La escena parecía sacada de un déjà vu latinoamericano. No era la primera vez que un líder, sostenido por un aparato político y militar, se desplomaba bajo el peso de la crisis. La historia de la región está marcada por episodios similares, y cada uno dejó huellas profundas en sus países.

En Perú, el 19 de noviembre de 2000 se recuerda por la renuncia de Alberto Fujimori, acorralado por escándalos de corrupción y obligado a enviar su dimisión desde Japón. En Argentina, el 20 de diciembre de 2001 quedó grabado en la memoria colectiva con la imagen de Fernando de la Rúa huyendo en helicóptero, mientras las calles ardían de protestas y bronca social. Panamá vivió el 3 de enero de 1990 la caída de Manuel Noriega, derrocado por la intervención militar estadounidense y el aislamiento internacional. Y más recientemente, Bolivia fue testigo el 10 de noviembre de 2019 de la salida de Evo Morales, presionado por acusaciones de fraude electoral y el quiebre de su respaldo militar.

Cada caso, con sus matices, resuena ahora en el imaginario venezolano.

Maduro, como De la Rúa, enfrentó una crisis económica que devoró salarios y pulverizó la confianza ciudadana. Como Noriega, sufrió sanciones y aislamiento que lo dejaron sin margen de maniobra en el tablero internacional. Y como Morales, vio cómo la legitimidad de sus elecciones era puesta en duda, mientras las calles se llenaban de voces exigiendo cambio.

Pero había diferencias notables: el chavismo, con su maquinaria política y su narrativa de resistencia, le permitió sostenerse más tiempo que otros. El respaldo militar, férreo y disciplinado, fue su escudo durante años. Y la migración masiva de millones de venezolanos, un fenómeno sin precedentes en la región, convirtió la crisis en un asunto continental.

EE.UU. atacó Venezuela y capturó al mandatario venezolano y a su esposa

En la madrugada de este sábado, Venezuela fue sacudida por una serie de explosiones que estremecieron a Caracas y varios estados del país. Testigos reportaron al menos siete detonaciones y el sobrevuelo de aviones a baja altura alrededor de las dos de la mañana.

Horas más tarde, el presidente estadounidense Donald Trump confirmó la captura de Nicolás Maduro Moros y de su esposa Cilia Adela Flores de Maduro, quienes fueron trasladados fuera del territorio venezolano.

Desde el Palacio de Miraflores, el régimen chavista denunció una “gravísima agresión” y decretó el estado de emergencia nacional.

Mientras tanto, en redes sociales circularon imágenes no verificadas que mostraban enormes incendios y columnas de humo elevándose sobre la ciudad. Aunque no fue posible precisar la ubicación exacta, los estallidos parecían concentrarse en zonas del sur y del este de Caracas.

Informes aún no confirmados señalan que parte de las detonaciones se habrían registrado en las inmediaciones de instalaciones militares de alto valor, entre ellas el Fuerte Tiuna, considerado el principal complejo castrense del país, y la base aérea de La Carlota, ubicada al este de Caracas.

También circularon versiones sobre explosiones en las cercanías del Palacio de Miraflores, sede del Ejecutivo, aunque hasta el momento esa información no ha podido ser verificada de manera independiente.

Por su parte, Sky News informó que la residencia del ministro de Defensa venezolano, Vladimir Padrino López, en la capital habría sido blanco de un bombardeo.

La noticia sacudió América Latina. Gobiernos vecinos se apresuraron a pronunciarse, mientras analistas advertían sobre el impacto geopolítico. ¿Regresarán los millones de migrantes? ¿Se abrirá un camino hacia la democracia o un vacío de poder? Las preguntas se multiplican, y las respuestas aún son inciertas.

La caída de Nicolás Maduro no puede entenderse sin mirar atrás. América Latina ha visto repetirse el ciclo de líderes que se aferran al poder hasta que la crisis los derriba. Sin embargo, cada historia tiene su singularidad. En Venezuela, la resistencia prolongada y la magnitud de la tragedia humanitaria hacen que este capítulo sea único. Y como toda crónica latinoamericana, deja una enseñanza: los pueblos, tarde o temprano, reclaman su derecho a decidir su destino.

El comunicado de Nicolás Ernesto Maduro Guerra tras la captura de su padre

Este sábado, tras la captura de Nicolás Maduro en una operación militar de Estados Unidos ordenada por el presidente Donald Trump, su hijo Nicolás Maduro Guerra difundió un comunicado en el que llamó a la movilización de las fuerzas sociales y políticas del país. El economista aseguró que el verdadero objetivo del ataque es “apoderarse de los recursos venezolanos”.

A través de su cuenta de Instagram, Maduro Guerra denunció lo que calificó como “una agresión militar” contra Venezuela. En el texto, expresó: “Venezuela rechaza, repudia y denuncia ante la comunidad internacional la gravísima agresión militar perpetuada por el gobierno de Estados Unidos contra territorio y población venezolanos. Tal agresión amenaza la paz y la estabilidad internacional, y pone en grave riesgo la vida de millones de personas”.

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