
Por: Orlando Goncalves
Vivimos en lo que muchos analistas definen como un cambio de era. No se trata simplemente de una época de cambios, sino de una transformación profunda donde la velocidad de los acontecimientos supera nuestra capacidad de procesamiento y los escenarios se han vuelto volátiles e inesperados.
En este contexto, la comunicación política moderna no puede seguir operando bajo los viejos manuales; hoy, el éxito depende de entender que “sin tierra no hay paraíso”. Dicho de otra manera, sin una base social conectada y una estrategia territorial real, el poder es apenas un espejismo efímero.
El síntoma es claro, la democracia está bajo asedio emocional, y las cifras del Informe Latinobarómetro 2023 además de alarmantes, actúan como un espejo de la frustración colectiva. Un 69% de los ciudadanos está insatisfecho con la democracia, y lo que es más grave, a un 54% no le importaría un gobierno no democrático si este “cumple”. Esta erosión institucional se explica, en parte, porque el 77% considera que los partidos políticos no funcionan bien.
Esta crisis de confianza no ocurre en el vacío. Se entrelaza con una crisis de salud mental sin precedentes en América Latina. Según el informe «En mi mente» de UNICEF, la ansiedad y la depresión representan la mitad de los trastornos mentales en adolescentes. El suicidio se ha convertido en la tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 19 años. La política moderna debe entender estos rasgos de personalidad y estados emocionales (como el neuroticismo o la extroversión) para ofrecer soluciones que no solo sean administrativas, sino también empáticas.
Por otra parte, en escenarios tan complejos como los descritos anteriormente, si los partidos políticos quieren recuperar la confianza ciudadana, y ser una opción real de poder, deben dejar de confundir la acción con la estrategia, pues la diferencia entre una victoria y una “EsTragedia” radica en la coherencia. Una estrategia real integra todas las acciones, calcula consecuencias y se escribe; pues si la estrategia no está escrita, no existe.
Así mismo, para acceder al poder, los partidos deben mutar. Ya no basta con ser maquinarias electorales; deben volver a ser los articuladores entre el ciudadano y el Estado. Esto requiere construir plataformas amplias que agrupen a los “micropoderes” (reales o simbólicos) que hoy segmentan a la sociedad.
El lenguaje de la emoción y la forma, son dos elementos fundamentales en la comunicación política moderna, sin embargo, es común ver como se comete el error de creer que el debate político se gana con datos y cifras.
El principio de Alberto Mehrabian nos recuerda que en la comunicación cara a cara, tiene componentes de gran impacto, pues la comunicación no verbal (gestos, postura) representan hasta el 55% de la comunicación, la calidad vocal (tono, variaciones) es 38% del mensaje y, las palabras (el contenido explícito), solamente 7% de la conexión. Por ello, en política, la forma pesa tanto o más que el fondo.
El foco debe estar en mover emociones para acercar a los electores. Esto no significa mentir, sino seducir y persuadir a través de la esperanza y la empatía, en lugar de simplemente intentar “vender” un producto. La clave: escuchar para liderar.
La máxima de esta nueva era es simple pero difícil de ejecutar: Escuchar, investigar y debatir, además, nada sustituye el contacto humano, pero no menos importante es que para que un mensaje penetre en el electorado actual, hiperpolarizado y distraído, es necesario llegar al ciudadano al menos siete veces con un mensaje coherente, emocional y constante.
El camino hacia el poder no se construye desde los escritorios, sino desde la “tierra”. Se requiere un “nuevo liderazgo” que entienda que el poder es efímero y que la única forma de preservarlo es convirtiendo la causa en convicción. La política debe dejar de ser una lucha de exclusión y división para convertirse en un ejercicio de inducción y conexión real con las necesidades de la gente.
Solo aquellos que logren descifrar este cambio de era, priorizando al ciudadano con una profesionalización de su estrategia, podrán aspirar a gobernar. Al final del día, la lección es clara: quien no pisa tierra, jamás alcanzará el paraíso.
La comunicación política moderna no es un manual de marketing, es un manifiesto de reconexión y, en un continente donde la democracia pende de un hilo, reconectar no es una opción, es la única salida. Sin tierra, no hay paraíso. Sin pueblo, no hay política.
@OrlandoGoncal
