Por: Orlando Goncalves

La diferencia entre un salario mínimo y uno digno no es solo cuantitativa, sino de filosofía económica. Mientras que el salario mínimo es un sueldo legal negociado políticamente, el salario digno es un cálculo técnico basado en el costo real de vida.

Esta diferencia es sustancial; hablamos de algo trascendente, puesto que el salario mínimo es una compensación para que el asalariado no caiga en la indigencia, mientras que el salario digno tiene el valor intrínseco y el respeto merecido por la persona, incluyendo honorabilidad, integridad, autorrespeto y valor propio, reflejando el merecimiento de trato digno.

La metodología Anker, avalada por la OIT, como estándar global para este cálculo que, a diferencia de las canastas básicas tradicionales, no solo mide la supervivencia, sino la decencia. Procedimiento que desglosa componentes fundamentales para una vida digna como, por ejemplo:

1.    La dieta nutritiva, se calcula con los productos que cumplan con los estándares de la OMS (calorías, macronutrientes y micronutrientes).

2.  La vivienda saludable, se estima el costo de una vivienda que tenga ventilación, saneamiento, electricidad y espacio suficiente (evitando el hacinamiento).

3. Otros gastos no alimentarios y no de vivienda, como la educación, salud, transporte, vestido y comunicación, en los que se suele usar el coeficiente de Engel (indicador de bienestar económico, donde valores altos indican pobreza y bajos denotan riqueza, haciendo relación entre gasto en comida y gasto total).

4. Margen para imprevistos es una previsión dentro del cálculo del salario digno, en el que se añade un 5% adicional para emergencias o eventos inesperados (enfermedades leves, reparaciones, etcétera).

5. Ajuste por perceptores, es decir, se divide el costo total entre el número promedio de adultos que trabajan en un hogar típico. En nuestra región, las cifras pueden variar por la dificultad de calcular el porcentaje de trabajadores formales e informales que contribuyen a la economía del hogar.

Considerando lo anterior, es fácil entonces entender los criterios técnicos por los que el salario mínimo legal rara vez alcanza a ser un salario digno.

El primer criterio es la inflación de “supervivencia”, es decir, la inflación que afecta a los trabajadores (alimentos y vivienda) suele ser superior a la inflación general del Índice de Precios al Consumidor que se usa para ajustar el salario mínimo, sin considerar los otros elementos que ya se mencionaron.

Otro elemento es la carga de cuidados. Dicho de otra manera, el salario mínimo no suele contemplar que el trabajador tiene dependientes (niños o ancianos) cuyos costos de cuidado han sido privatizados o reducidos en el Estado del bienestar.

Quizás uno de los elementos importantes que el salario mínimo no considera es la ausencia de ahorro, pues el mínimo está diseñado para el consumo inmediato; el salario digno incluye un componente de “seguridad futura” que permite al ciudadano salir del ciclo de deuda.

Ahora, hay varios estudios que demuestran que el salario digno genera un retorno de inversión para las empresas (ROI) interesante.

Por ejemplo, estudios de la Universidad de Harvard y de la Fundación Living Wage en el Reino Unido demuestran que las empresas que pagan voluntariamente un salario digno reportan, entre otros beneficios, la reducción del 25% en la rotación de personal, lo que ahorra costos masivos en reclutamiento y capacitación, así como un aumento del compromiso y la productividad, ya que el trabajador no tiene el estrés mental de no saber si llegará a fin de mes.

Las empresas tienen todo el derecho de obtener el máximo de ganancias, es el objeto de su existencia, pero esa alta rentabilidad tiene que estar dentro del marco de tres acciones fundamentales, que lamentablemente muchas ignoran.

La primera, el pago de salarios dignos para que el trabajador tenga la tranquilidad y seguridad de que su esfuerzo está justamente compensado.

La segunda, las empresas deben pagar los tributos que correspondan. Aumentar sus ganancias por vía de las exenciones fiscales raya en lo perverso, pues de esa manera la carga fiscal, por un lado, se traslada a los más pobres y, por el otro, los Estados dejan de recibir ingresos, con lo cual (y bajo esa excusa) entonces se hacen recortes en programas sociales esenciales para el ciudadano.

Como última acción esencial, es que los programas de responsabilidad social empresarial dejen de ser marketing disfrazado y sean auténticos programas de compromiso de las empresas con las comunidades.

Todo lo anterior requiere de la voluntad política de los liderazgos para lograr un mayor grado de bienestar y seguridad para todos, haciendo posible implementar un salario digno para una vida digna.

@OrlandoGoncal

Por Amenhotep Planas Raga

Nuestro editor es licenciado en comunicación social con maestrías en Televisión y en Ciencias de la Comunicación y doctorante en Ciencia Política. Filólogo y comunicólogo.

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