​El discurso de Delcy ayer en la Asamblea General de las Naciones Unidas fue un desgarrador mea culpa. A Chávez y a Maduro ni siquiera los nombró; o lo que es lo mismo, los ignoró por completo. Se le olvidó que está tan cerca de la prisión donde se encuentra «el tetón».

​Vino bajito, muy bajito —como pasó por debajo de la mesa la extracción del dictador narcotraficante—. Nicolás Maduro ha sido sentenciado a la muerte del olvido.

​Ella clama ahora por un espíritu conciliador entre los venezolanos: los que se fueron y los que se quedaron. No se dirigió a los colectivos, ni a los círculos, ni a los milicianos; se dirigió a esa gran masa de venezolanos que emigraron buscando un mejor futuro, a aquellos que cruzaron el Darién arriesgando sus vidas por un trabajo digno y mejor calidad de vida que la que ofrecía el socialismo del siglo XXI.

​Carpe diem. Si no está roto, rómpelo. A&T. Eppur si muove. Nadie da lo que no tiene. Avanti tutti, sempre avanti.

​¡Es todo!

​Victor Hugo Govea

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