«Hacíamos nuestras necesidades donde nos servían la comida»: la denuncia de un activista de derechos humanos en Venezuela que pasó más de 4 años en prisión.

Javier Tarazona, de 43 años, fue excarcelado el 1 de febrero en el marco de un proceso de liberaciones anunciado por la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, y antes de que se aprobara la pasada semana una Ley de Amnistía diseñada para beneficiar a cientos de prisioneros.

«Hacíamos nuestras necesidades donde nos servían la comida»: la denuncia de un activista de derechos humanos en Venezuela que pasó más de 4 años en prisión

En la gráfica: Javier Tarazona (izquierda) junto a su madre y hermano tras ser excarcelado |

A Javier Tarazona se le nota el sufrimiento acumulado tras cuatro años y siete meses de cautiverio injustificado, en condiciones que él califica como «inhumanas».

Basta observar su rostro y sus gestos cada vez que le viene a la mente un recuerdo de los 1.675 días que pasó tras las rejas de El Helicoide, la prisión más famosa de Venezuela. Es una cifra que tiene grabada y que pronuncia sin vacilar.

A los pocos días de su excarcelación, el activista de derechos humanos y director de FundaRedes habló en exclusiva con BBC Mundo sobre esos días. Lo hace desde el perdón y la esperanza de que su historia no se repita en un país que parece estar en proceso de cambio y transición.

FundaRedes es una organización no gubernamental venezolana dedicada a la defensa de los derechos humanos, por lo que Tarazona fue siempre una figura pública enfrentada al gobierno de Nicolás Maduro.

Documentó y denunció, sobre todo, presuntos abusos y violaciones cometidos por grupos armados no estatales en zonas fronterizas de Venezuela con Colombia, una región marcada por el débil control institucional.

A finales de junio de 2021, Tarazona solicitó investigar formalmente los presuntos vínculos del exministro del Interior Ramón Rodríguez Chacín con la guerrilla del ELN.

El activista aportó coordenadas de «casas seguras» y fincas en Barinas y Guárico pertenecientes al exfuncionario chavista que, según su denuncia, funcionaban como centros de operaciones para la guerrilla colombiana con el amparo del Estado venezolano.

El fiscal general, Tarek William Saab, dijo que la acusación era una «difamación sin fundamento».

Y esto desencadenó una persecución inmediata, según Tarazona.

Días después de presentar la denuncia, acudió al Ministerio Público en la ciudad de Coro (noroeste de Venezuela) para buscar protección después de recibir amenazas por parte de organismos de seguridad del Estado venezolano. Allí vivió una escena que en aquel momento su mente no logró procesar.

«La fiscal superior me dijo: ‘Doctor Tarazona, aguarde allí, no hay problema, ya lo voy a atender’… Y lo que ocurrió fue que a su despacho llegó un cuerpo de hombres armados con los rostros tapados».

«Me esposan, me golpean, me insultan y me colocan un pasamontañas al montarme dentro de una patrulla», relata.

«Me decían: ‘¿Quién es el maldito que va manejando la camioneta?’. Yo decía: ‘Ese es mi hermano’. ‘Bueno, ese maldito también va a ir preso».

Se referían a José Rafael Tarazona, quien lo acompañaba ese día y que también fue detenido.

«Yo aún sentía confusión, porque, insisto, yo jamás pensé que por mi labor me iba a ocurrir eso. Yo entiendo que subestimé a quienes ostentaban el poder».

A partir de allí estuvo «desaparecido» durante 33 horas antes de ser presentado ante un tribunal en Caracas bajo cargos de traición a la patria, terrorismo e incitación al odio.

Su destino final fue la notoria prisión de El Helicoide, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) en la capital venezolana, donde permaneció bajo condiciones que organismos como la ONU describen como aislamiento prolongado y tortura psicológica.

Tarazona, de 43 años, fue excarcelado el 1 de febrero en el marco de un proceso de liberaciones anunciado por la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, y antes de que se aprobara la pasada semana una Ley de Amnistía diseñada para beneficiar a cientos de prisioneros.

El gobierno venezolano anunció además el cierre definitivo de El Helicoide como prisión. La emblemática estructura, que durante años fue señalada como un epicentro de violaciones a los derechos humanos, dejará de ser una cárcel para transformarse en un complejo deportivo y de servicios sociales.

BBC Mundo contactó al fiscal general de Venezuela, al Ministerio de Información y al de Defensa para obtener comentarios sobre las denuncias presentadas por Tarazona, pero hasta el momento de esta publicación no recibió respuesta.

Una celda «asquerosa, deprimente y nauseabunda»

Tarazona describe el cautiverio como un «infierno».

«Tú piensas lo peor, porque al final te das cuenta de que estás aislado, completamente confinado y aislado», relata, antes de añadir que los funcionarios mantenían sus rostros tapados.

Sus primeras horas, dice, las pasó en una diminuta celda de castigo conocida como «el tigrito», la cual compartió «entre ratas y cucarachas» con su hermano, José Rafael Tarazona, y otro activista: Omar de Dios García.

«Es un lugar de olores nauseabundos […] Teníamos que turnarnos para poder descansar. Colocábamos una especie de colchoneta, como un cartón, para tapar un gran hueco de cloaca en un espacio muy reducido», relata.

Alfredo Romero, presidente de la ONG Foro Penal, asegura que la mayoría de las cárceles de Venezuela cuentan con espacios conocidos como «tigritos», definidos como lugares «muy pequeños, oscuros y sucios, utilizados como celdas de castigo».

«Es como una jaula (…) un sitio donde puede ejercerse un mayor grado de tortura por su tamaño y por el impacto psicológico y físico que produce permanecer allí», explica Romero a BBC Mundo. Añade que las personas recluidas en esos espacios «duermen en el piso y hacen sus necesidades en el mismo lugar».

El presidente de Foro Penal señala además que, desde su fundación en 2002, la organización ha asistido a más de 15.000 personas detenidas arbitrariamente. «Todos, de una u otra forma, han descrito los tigritos como un espacio lamentablemente común dentro del sistema penitenciario venezolano», afirma.

Ahí pasarían Tarazona y sus compañeros 46 días, antes de que los trasladaran a una celda «un poco más grande, pero igual de asquerosa, deprimente y nauseabunda».

«Hacíamos nuestras necesidades en el mismo lugar donde nos servían la comida en una bandejita de anime (poliestireno)» afirma.

El recuerdo le quita el aire. «A esa bandejita se le conoce como Wendy’s [por la cadena de comida rápida]», añade con dificultad.

La voz se le quiebra y necesita unos segundos de silencio para reponerse.

«Claro, a veces pasaba el día completo y no nos daban la comida […] No teníamos acceso al tiempo, no veíamos la luz del día ni la noche, no sabíamos nada», recuerda de los primeros meses que pasó en cautiverio.

Compartió dos celdas con su hermano y Omar de Dios García, antes de que ellos fueran excarcelados el 26 de octubre de 2021, con presentación periódica ante tribunales cada ocho días.

Tarazona pasaría por otras cuatro celdas que compartiría con otros 36 prisioneros en el transcurso de los siguientes cuatro años, rememora.

El envase de agua

Tarazona admite un «gran sentido de culpa». Dice que su hermano le reclamaba que estaba pagando una lucha que no le correspondía y afirma que su estado de salud se deterioró debido a las condiciones de insalubridad.

«Para orinar los tres usábamos un envase de agua mineral de cinco litros, lo cual generaba infecciones de orina. Estuvimos infectados de la orina, porque teníamos que meter el pene en el pote para no regar la orina y no contaminar el espacio más de lo que ya estaba».

«Defecábamos en la misma vianda (envase para la comida) y teníamos que esperar que un custodio se acordara de nosotros para que sacaran los desperdicios fecales».

De igual forma, el activista asegura que era sometido a interrogatorios constantes y presiones psicológicas que incluían tratos crueles, inhumanos y degradantes.

«Fueron momentos muy complejos. Recordarlos, indudablemente, es como reconstruir todo un dolor».

Las autoridades venezolanas detuvieron a su madre septuagenaria el 11 de julio de 2021 en el estado Táchira. Allanaron su casa y se la llevaron con violencia.

Él se entero de la noticia en uno de los interrogatorios.

«Hicieron videos del allanamiento y la detención. Estuvieron presionándome con los videos durante los interrogatorios», relata.

«Un funcionario me preguntó: ‘¿Tú conoces a esta mujer?’. Yo le respondí: ‘Claro, es mi madre’. Entonces, me dice: ‘Bueno, haz el video que te estoy pidiendo o tu madre quedará presa’. Siempre me negué; sabía que ella sería capaz de superar esa prueba».

Horas después, la madre fue liberada.

Tarazona afirma que no tuvo derecho a su propia defensa privada y que se le permitió un abogado a los siete meses de estar detenido.

«Durante esos 1.675 días [de prisión] mis visitas de abogados no llegaron a cinco», precisa.

«Arréglese, que se va»

El principio del fin de su cautiverio comenzó la madrugada del 3 de enero de 2026, el día en que el presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron capturados en una operación militar estadounidense.

Tarazona recuerda que escuchó las detonaciones en El Helicoide.

«Fueron espantosas las explosiones… Pensamos que algo ocurría a las afueras. Luego, el canal del Estado anunció la detención de Nicolás Maduro», señala.

Para él, esa violencia fue el catalizador de su salida, una reflexión que le genera pena: «Dudo que mi excarcelación se hubiese dado si eso no hubiera ocurrido. Es lamentable que un país tenga que vivir ese tipo de experiencias para que exista un cambio de conducta».

La noticia de su libertad llegó el 8 de enero. Tarazona cuenta que estaba en el patio de la cárcel haciendo un ejercicio de meditación mientras observaba una guacamaya multicolor. La tranquilidad que le generaba ese momento fue interrumpida por los gritos de sus compañeros: «¡Tarazona, te vas libre!».

Tras el anuncio, vinieron los 22 días más duros, afirma.

«Allí inició la incertidumbre, la ansiedad y afecciones de piel provocadas por el estrés», narra.

El 1 de febrero, a las 8:00 de la mañana, un funcionario finalmente le dio la orden: «Arréglese, que se va».

«Yo temblaba, temblaba muchísimo», confiesa sobre el momento en que pudo finalmente arrodillarse para tocar el suelo y abrazar a su madre.

Pese a que su boleta de excarcelación no le prohíbe hablar con los medios, Tarazona dice estar consciente de que aún podría haber represalias en su contra.

Sin embargo, dice que su mayor motivación ahora al hacer las denuncias no es política, sino humana

«Yo logré perdonar en cautiverio y eso significó una transformación entera en mi vida», señala con serenidad.

«Usted ve una fotografía de Javier Tarazona el 2 de julio de 2021 y una del 1 de febrero de 2026 y dice: ‘Aquí hubo una transformación’. Eso es porque hubo un trabajo interior».

«Yo salí convencido de que los venezolanos necesitamos caminar hacia el reencuentro, caminar hacia la reconciliación», prosigue.

Para Tarazona, la verdadera reparación no es solo judicial, sino ética: «Me atrevo a conceder esta entrevista, la primera que hago en estos términos, no para usar esto [como un arma] para dañar, sino para que no se repita más».

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