Pbro. José Andrés Bravo H.
Ciertamente, la experiencia de fracaso es humanamente terrible, causa la peor de las penas, la decepción, la pérdida de la fe y la esperanza, la vida se derrumba. Esto es lo que sienten los discípulos ante la crucifixión del Maestro. Todos vuelven a Galilea, el sitio donde comenzaron, sin frutos que brindar ni sentido para vivir. Algunos se refugian en la Aldea de Emaús, como huyendo de sus penas y tristezas, creían que Jesús los liberaría de la opresión, pero ya van tres días y no sucede nada. Sin embargo, ante la Resurrección del Señor, la alegría es aún más grande, el compromiso se renueva y, con mayor fe y esperanza, regresan a Jerusalén a seguir el camino de la salvación con el Espíritu del Resucitado. Dispuestos a dar la vida porque ya saben que Cristo venció el mal. Después de su ausencia en la Cruz del sacrificio, el Padre rompe el silencio y da vida al Crucificado.
¡El Crucificado ha resucitado! Así lo anuncia Pedro en alta voz, sin miedo, plenamente convencido: el Crucificado está vivo, ¡ha resucitado! nosotros somos testigos de esta buena noticia (cf. Hch 10,37-43). La muerte no era el fracaso como pensaban, sino que culminaría en el triunfo de la vida. Con la resurrección se revela Dios amor, la nueva Alianza se cumple y la causa de Jesús sigue en pie. La historia adquiere un sentido pleno y trascendente. El Reino de Dios deja de ser una vana ilusión y se convierte en una realidad posible. La fe se renueva y la Iglesia nace como misterio de comunión y misión.
Con este acontecimiento glorioso Jesús es constituido Señor del mundo y de la historia, se convierte en signo y prenda de la resurrección a la que todos estamos llamados y de la transformación final del universo. El mundo es recreado, nace nuevo con personas nuevas. Es el triunfo de la justicia y la derrota de la maldad, de las injusticias y esclavitudes. Los pueblos son impulsados a la lucha liberadora con la fuerza del Espíritu del Resucitado. Amarnos en fraternidad adquiere su valor más grande. Pues, amando hasta entregar la vida es como Jesús gana la vida y es glorificado por el Padre quien, donándolo, lo recibe de nuevo en su gloria.
El acontecimiento más importante de la historia y la clave esencial de la fe cristiana es la Resurrección de Jesús. Es decir, si Él no resucitó no puede haber fe ni existir la Iglesia: “Si Cristo no ha resucitado, es vana nuestra proclamación, es vana nuestra fe” (1Cor 15,14). San Pablo, que conoció al Señor como experiencia pascual, hace una extraordinaria profesión de fe en la primera carta que escribe a la conflictiva comunidad cristiana de Corinto (cf. 1Cor 15). Es el Evangelio que predica: Cristo murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día. Con este acontecimiento se da cumplimiento a las promesas de Dios que transmiten las Escrituras Sagradas. Lo confirma su presencia viva ante los Apóstoles y, por último, el mismo Pablo lo siente presente, vivo, interpelándolo porque lo estaba persiguiendo: “…se me apareció a mí, que soy como un aborto… Gracias a Dios soy lo que soy, y su gracia en mí no ha resultado vana, ya que he trabajado más que todos ellos; no yo, sino la gracia de Dios en mí” (1Cor 15,8-10).
Es significativa la prédica de los Apóstoles porque su testimonio va acompañado por una existencia entregada. Nuestra cuestión fundamental es cómo podemos anunciar al mundo de hoy que Cristo es el Señor, que ha resucitado y sigue actuando entre nosotros. No podemos seguir probándolo diciendo que el sepulcro está vacío o que algunos lo vieron. El mundo creyó el mensaje de los Apóstoles porque vieron cómo se amaban entre ellos y cómo sufrían persecuciones por la fe. De la misma manera, como Iglesia, debemos hacer notar la presencia de Cristo resucitado con el amor. Es verdad, “la capacidad de compartir, será signo de la profundidad de la comunión interior y de su credibilidad hacia fuera” (Puebla 243). Es la caridad cristiana el testimonio más auténtico de que el Crucificado ha Resucitado.
No quisiera dejar de referirme a un texto maravilloso del Papa Francisco. Es una enseñanza que nos transmite en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, en el capítulo quinto sobre los evangelizadores con Espíritu (EG 259-288). El imperativo es que “Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se transfigura en la presencia de Dios” (EG 259). Lo que desea nuestro Papa es esto: “¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa!” (EG 261). Su respuesta es: “Una evangelización con Espíritu Santo” (EG 261). Esto se logra con la acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu: “Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia” (EG 276).
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