César Pérez Vivas
 
Los días corren y la tragedia humanitaria de nuestra nación se agudiza. En mi constante recorrido por el país aprecio en cada rincón el avance de la miseria.  La brutal devaluación del Bolívar abona cada día al hambre de los ciudadanos.  La camarilla gobernante no percibe la profundidad de la crisis. Algunos actores de la oposición tampoco. Pero debo confesarles, que nunca en mi larga vida de luchador democrático había constatado una situación de precariedad, de necesidad tan brutal, como la que hoy aprecio en nuestra sociedad.

Familias que a lo largo de su vida pudieron acceder a niveles educativos, a bienes materiales como casas o apartamentos confortables, a viajes y otras oportunidades recreativas, hoy carecen de alimentos y medicinas. Puedo afirmar que la necesidad se presenta con mayor dramatismo en las personas de la tercera edad, las que dependen de una jubilación o pensión.  Seres humanos que dedicaron su vida a la docencia, al trabajo material o intelectual carecen de lo básico para subsistir. Los que tienen hijos en capacidad de trabajar y pueden acceder a recursos, sobre todos los que reciben remesas, apenas subsisten. Los demás están de limosna, dependiendo de un amigo o vecino que les colabora con algún insumo.
 
La situación se hace más dramática cuando alguno de ellos enferma. Los hospitales están en el peor momento de nuestra historia. Son unos verdaderos elefantes petrificados. Allí no hay personal médico o sanitario, tampoco medicamentos o equipos para evaluar y examinar a los pacientes.  Las familias, los amigos y vecinos deben acudir a la caridad pública para lograr acceder a exámenes, cirugías, tratamientos o medicamentos. Muchos están falleciendo en sus hogares por falta de asistencia.
 
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