Por: @OrlandoGoncal


En la política de alto nivel, la vicepresidencia suele venderse al electorado como un seguro de gobernabilidad, pero en la crudeza de la estrategia, no es más que una herramienta de asalto al poder.
Elegir un compañero de fórmula no es un ejercicio de planificación administrativa; es una jugada de ajedrez donde el pragmatismo debe aplastar al idealismo. Al final del día, de nada sirve elegir al mejor coequipero para gobernar si la estrategia de elección no garantiza, en primer lugar, el derecho a entrar en el palacio.
La elección de un candidato a la vicepresidencia debe responder a un objetivo claro: conseguir votos, recursos económicos o peso simbólico. El enfoque debe ser pragmático. A menudo, las campañas cometen el error de priorizar la visión de “ayudante para gobernar” antes de asegurar la victoria, olvidando que no se puede cruzar el puente hacia el gobierno sin haber ganado primero la batalla electoral.
A menos que las encuestas otorguen una ventaja inalcanzable, la selección deberá orientarse exclusivamente a la victoria. En el caso particular de Colombia, ha sido sorprendente pues hemos visto una tendencia hacia el simbolismo.
Los principales candidatos presidenciales han optado por los simbolismos, lo cual no necesariamente representa un acercamiento a nuevos sectores de electores que les permitan aumentar su caudal electoral.
El candidato a vicepresidente puede ser un símbolo que representa un segmento preciso de la población para enviar un mensaje determinado. Con lo simbólico se busca transmitir identidad, valores y confianza ante dicho segmento de los electores.
Por ejemplo, el caso Cepeda-Quilcué la elección de la lideresa indígena busca transmitir identidad y valores. No obstante, su impacto electoral podría ser limitado, dado que el segmento que representa ya ha demostrado una lealtad histórica y consolidada hacia el Pacto Histórico. Aquí, el símbolo refuerza lo propio, pero no conquista lo ajeno.
Por otra parte, el candidato Abelardo De la Espriella, en varias presentaciones en medios dejo entrever su debilidad y desconocimiento en asuntos de Estado. Su narrativa se ha centrado en criticar, agredir y hasta ofender a quien no está con él, y sus propuestas están hechas con frases genéricas que tienen impacto, mas no sustento político o académico.
Por ello buscó de candidato a vicepresidente a José Manuel Restrepo Abondano, economista, exministro de Comercio, y exministro de Hacienda en el gobierno del expresidente Iván Duque, con lo cual busca intenta compensar sus debilidades como posible administrador del Estado, y por ello lleva de coequipero a un “técnico”.
Por su parte, Sergio Fajardo, escogió como fórmula a Edna Bonilla, exsecretaria de Educación de Bogotá, profesora universitaria. Si bien Fajardo es un político primero fue un académico, así que la escogencia de Bonilla, venida también de la academia, no pareciera que les abre las puertas a nuevos segmentos electorales.
Otro ejemplo lo tenemos en Roy Barreras, quien selecciona a Martha Lucía Zamora, abogada, exfiscal general encargada, exsecretaria general de la alcaldía de Bogotá, una figura conocida en algunos círculos, pero desconocida por la mayoría del electorado, razón por la cual el aporte de Zamora a Barreras dentro de la carrera presidencial seguramente será poco.
A su vez caso de Claudia López optó por Leonardo Huerta, abogado y filosofo, que compitió con ella en la consulta, pero al igual que el ejemplo Barreras-Zamora, éste también tiene altos niveles de desconocimiento entre la población, y ambos son del mismo nicho electoral.
Ahora, quizás lo más interesante de estudiar es la fórmula de Valencia-Oviedo, pues es un intento de moderación, porque Paloma Valencia, referente del uribismo radical, se une a Juan Daniel Oviedo, quien goza de una imagen técnica y equilibrada. Sin embargo, en política, uno más uno no siempre suma dos. Este movimiento genera un riesgo de desdibujamiento porque Valencia pierde su esencia combativa y Oviedo su independencia, lo que puede empujar al electorado hacia la abstención o hacia otras opciones menos confusas.
El símbolo en una campaña puede ser un arma de doble filo: puede ser el ícono que resuma una propuesta o el espejismo que termine por confundir al votante. Cuando una fórmula vicepresidencial desdibuja la esencia del candidato principal, el mensaje se vuelve ruido. En la carrera por la presidencia, la coherencia sigue siendo el activo más escaso, y por lo tanto el más valioso; si el elector no entiende qué está votando, simplemente elegirá no votar.
Hay que ubicarse, se está en campaña y el primer paso para poder gobernar es ganar la elección, así que, todas las acciones tienen que estar orientadas a ganar, y los candidatos a vicepresidente deben ser un activo que ayude a ese objetivo.

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