Soldados israelíes llevan el ataúd de un compañero soldado durante un funeral el 1 de noviembre de 2023 en un cementerio militar de Jerusalén.

Es así de triste, pero es probable que la guerra en Gaza no se acabe hasta el día en que la sociedad israelí considere que el número de soldados judíos muertos es inasumible.

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El Ejército es de las pocas cosas que une a la cacofonía de tribus de Israel. La ‘Familia’ lo llaman. No en vano, la mayoría del país sirve en sus cuadros un mínimo de dos años – tres en caso de los hombres—, seguidos de un mes al año como reservistas hasta que cumplen como mínimo los 40. Pero la tolerancia a las bajas del “ejército más moral del mundo”, como lo llaman sus dirigentes, suele ser mínima. De las seis guerras que ha librado desde 2006, el mayor número de bajas las sufrió aquel mismo año en Líbano, con 119 militares muertos, seguidos de la librada en Gaza en 2014, con 69. Esta guerra es diferente, pero si en algo hay consenso es que durante la invasión terrestre terrorista de Hamás ya iniciada morirán muchos militares israelíes.

Esta guerra es diferente porque comenzó con 331 militares muertos –según la cifra oficial–  y casi un millar de civiles en apenas tres días, algo insólito en la historia del país. Si se le añade la brutalidad con la que Hamás mató a muchas de sus víctimas, se entenderá porque la moral de su ejército en estos momentos está sorprendiendo incluso a los observadores más veteranos. Pero luchar entre las ruinas de Gaza – salvajemente bombardeada con 11.000 bombas desde el 7 de octubre, según sus portavoces– y el laberinto de túneles subterráneos de sus facciones armadas, con cientos de miles de civiles por todas partes, es una pesadilla para cualquier ejército. Y las bajas empiezan a llegar, con las fotos de madres devastadas frente a los ataúdes de sus hijos.

15 muertos anunciados hasta la fecha, la mayoría del martes. Nueve murieron después de que un blindado fuera atacado con un misil antitanque, otros después de que un tanque pisara un artefacto explosivo. El Ejército ha reconocido que está sufriendo golpes duros, incluidas algunas emboscadas y mucho fuego antitanque. “Hemos logrado muchos logros importantes, pero también pérdidas dolorosas”, dijo este miércoles su primer ministro, Binyamin Netanyahu. «Sabemos que cada uno de nuestros soldados vale un mundo. El pueblo de Israel entero abraza a las familias desde lo más profundo de nuestro corazón». Pero ese mismo Netanyahu, uno de los políticos más cínicos y sin escrúpulos de las últimas décadas, será probablemente también el principal obstáculo para que esta guerra se acabe.

La carrera de Netanyahu está acabada

En Israel todo el mundo repite que su carrera se acabará irremediablemente el día que paren las bombas, lo que podría precipitar también su entrada en prisión por los casos abiertos que le persiguen desde hace años. Netanyahu no solo tenía a medio país en armas protestando durante meses contra su reinado, sino que con su habitual chutzpah se atrevió a culpar sin miramientos a los militares y la inteligencia de los desastrosos errores que propiciaron el ataque de Hamás, sin asumir la menor pizca de responsabilidad. Y por eso dijo esta semana que un alto el fuego equivaldría a una “rendición” ante los islamistas palestinos.

Ese escenario parece todavía muy lejano. Mientras la población de Gaza sigue siendo vapuleada –hay ya 8.800 muertos, incluidos 3.650 niños y 2.300 mujeres, además de 22.200 heridos–, el ‘Jerusalem Post’ publicaba este miércoles que “ha sabido” de fuentes bien informadas que la guerra durará “varios meses”. A una primera fase de “guerra total”, le seguiría una segunda de “lucha contra la insurgencia” tras declarar una “victoria inicial”, Fases que, según el diario conservador, se podrían prolongar durante meses cada una de ellas. Lo que sugiere que el Ejército israelí pretende ocupar Gaza durante mucho tiempo hasta que pueda asumir el control total o parcial del enclave y buscar a alguien que se haga cargo del desastre.

Nueva matanza en el campo de refugiados de Jabalia

La cuestión entonces pasa por saber cuántas decenas de miles de palestinos morirán en la operación, descrita de forma creciente como “un genocidio”. No son políticos de principios volátiles los que así lo expresan sino expertos en la cuestión como, Volker Turk, el director de la oficina neoyorkina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU, quien trabajó en la cuestión cuando tutsis, rohinyás o musulmanes bosnios fueron brutalmente masacrados. “Este es un genocidio de manual”, dijo esta semana al presentar su dimisión en protesta por la pasividad del sistema de la ONU para frenar la tragedia. “En Gaza, viviendas civiles, colegios, iglesias, mezquitas e instituciones sanitarias están siendo atacadas deliberadamente mientras su población es masacrada”, escribió.

Esos ataques continúan sin remisión, con armas estadounidenses y la bendición de muchos países europeos. Por segundo día consecutivo Israel bombardeó el superpoblado campo de refugiados de Jabalia, donde la víspera dejó 400 muertos y heridos, incluido un reguero de niños descuartizados, una matanza que justificó por la cabeza de un comandante de medio pelo de Hamás. En el ataque de hoy, han sido 50 muertos y media docena de edificios borrados del mapa, según las autoridades palestinas. “Esta es solo la última atrocidad contra la población de Gaza, justo en el momento en que los combates han entrado en una fase todavía más aterradora y con crecientes consecuencias humanitarias terribles”, ha dicho el jefe humanitario de la ONU, Martin Griffiths.

Coordinación Sala de Redacción, Lcda. Amarilis Romero, CNP 12267   

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