En mayo de 2026, una publicación en The Lancet cambió el nombre de una de las condiciones más prevalentes entre las mujeres en edad fértil del mundo. El llamado síndrome de ovarios poliquísticos pasó a denominarse síndrome ovárico metabólico poliendocrino. Finalmente se corrigió un error conceptual que retrasó diagnósticos, condicionó tratamientos incompletos y dejó a millones de mujeres sin respuestas. El médico ginecobstetra venezolano Henry Olavarría Campaña, con más de 25 años de experiencia clínica entre Venezuela y España, explica qué significa este cambio y por qué llega tarde, aunque bienvenido
La ciencia le dice adiós al síndrome de ovarios poliquísticos
Las estructuras llamadas «quistes» son en realidad folículos inmaduros que no se desarrollaron correctamente debido a desequilibrios hormonales.
Nunca exageraron. Nunca estuvieron equivocadas. Sus cuerpos enviaban señales claras durante años: peso que no cedía, ciclos que no llegaban, vello que aparecía donde no debía, acné que no respondía a ningún tratamiento.
La respuesta médica, con demasiada frecuencia, fue insuficiente. No porque los médicos fueran negligentes, sino porque el nombre de la enfermedad miraba en la dirección incorrecta desde el principio.
En mayo de 2026, después de casi noventa años, la ciencia lo reconoció y lo corrigió: el síndrome de ovarios poliquísticos ya no existe.
En su lugar, con una publicación en The Lancet que representa el consenso de 56 organizaciones médicas y de pacientes de todo el mundo, nace el síndrome ovárico metabólico poliendocrino.
Estas cuatro palabras cambian la manera en que la medicina comprende, diagnostica y trata una condición que, según la Organización Mundial de la Salud, afecta a entre 10% y 13% de las mujeres en edad fértil. Un número que, en términos globales, se traduce en cientos de millones de personas.






El síndrome cambió de nombre para reflejar que no se trata de una enfermedad localizada, sino de un trastorno endocrino sistémico | Foto Archivo
Error desde 1935
Todo comenzó con dos médicos, Irving Freiler Stein y Michael Leventhal, que en 1935 describieron una condición basándose en lo que podían observar: ovarios con múltiples estructuras redondeadas que semejaban quistes.
Les pusieron nombre a lo que veían. El problema es que lo que veían no era lo que parecía.
“Lo que los médicos detectaban en los ovarios de estas pacientes no eran quistes patológicos”, explica el doctor Henry Olavarría Campagna, ginecobstetra venezolano egresado del Hospital Universitario de Caracas y del Centro de Cirugía Laparoscópica del Centennial Medical Center en Nashville, Tennesse, con más de 25 años de experiencia clínica.
«Eran folículos inmaduros dentro de los ovarios que no ovularon ni crecieron y estaban atrapados. No eran quistes ováricos como uno los conoce».
El ultrasonido, que llegó a la práctica ginecológica en los años setenta y ochenta, reforzó esa percepción visual. La imagen de ovarios con múltiples folículos se convirtió en el criterio diagnóstico central. Y con eso, el problema quedó atrapado en una sola imagen, en un solo órgano, en una sola especialidad.
«Lo que hizo el ultrasonido fue corroborar un hallazgo ecográfico. Pero desde la perspectiva de la medicina integral, hay gran cantidad de áreas que están afectadas. Entre ellos, la piel, el tejido adiposo, cardiovascular, endocrino, metabólico. Y de paso tiene afectación psicológica», señala.
La consecuencia de esa mirada estrecha fue costosa. El nombre engañoso causaba que 70% de los casos permanecieran sin diagnosticar.
Mujeres que no presentaban el patrón ecográfico esperado quedaban fuera del diagnóstico, aunque tuvieran todos los síntomas sistémicos. Mujeres que sí lo presentaban recibían tratamientos parciales, centrados en regular la menstruación o tratar el acné, sin abordar la resistencia a la insulina, el riesgo cardiovascular o el desequilibrio hormonal de fondo.
Los vellos en lugares inusuales son síntomas típicos de este padecimiento entre las mujeres | Foto Archivo
Mover una nomenclatura
Cambiar el nombre de una enfermedad consolidada en la literatura médica mundial es, bajo la mirada de expertos, una empresa científica y política de largo aliento.
La doctora Helena Teede, endocrinóloga y profesora de Salud de la Mujer en la Universidad de Monash, en Australia, encabezó el proceso.
A lo largo de más de 25 años de carrera, Teede documentó cómo el nombre de la condición derivaba sistemáticamente en diagnósticos omitidos y tratamientos inadecuados.
Decidió que el problema no era solo clínico sino semántico: el nombre condicionaba la manera en que los médicos pensaban la enfermedad. El proceso que condujo al cambio duró 14 años.
Teede lo coordinó junto a la profesora Terhi Piltonen, de la Universidad de Oulu en Finlandia; Anuja Dokras, de la AE-PCOS Society en Estados Unidos; y Rachel Morman, de la organización de pacientes Verity en el Reino Unido.
Se implicaron 56 organizaciones académicas, clínicas y de pacientes. Se aplicaron encuestas globales, métodos Delphi modificados, talleres de técnicas grupales nominales y análisis de marketing e implementación para identificar principios que priorizaran la precisión científica, la claridad, la evitación del estigma, la adecuación cultural y la viabilidad de la implementación.
El resultado llegó el 12 de mayo de 2026 en las páginas de The Lancet. El nuevo nombre elimina toda referencia a quistes, reconoce de manera oficial la naturaleza multisistémica del síndrome y deja de estudiarse y tratarse solo como un trastorno ginecológico para validarse como una afección que abarca problemas endocrinos y metabólicos.
«El cambio de nombre va a abrir los horizontes para el tratamiento de esta patología. Y va a mejorar la calidad de vida de las mujeres», sintetiza el doctor Olavarría.
Se trata de una condición metabólica compleja estrechamente vinculada a la resistencia a la insulina y al riesgo cardiovascular a largo plazo | Foto Archivo
Definición real
Entender el síndrome ovárico metabólico poliendocrino exige abandonar la imagen de los ovarios como origen del problema y adoptar una perspectiva de sistema completo. El doctor Olavarría lo explica como un rompecabezas. «Si las piezas no encajan y están alteradas, nada funciona bien».
Las piezas son muchas. El páncreas produce insulina de manera deficiente, lo que genera resistencia a esa hormona. La resistencia a la insulina está presente en 85% de los casos. Esa resistencia impulsa el aumento de peso y la acumulación de grasa abdominal. El exceso de grasa altera la señalización hormonal. Los ovarios responden produciendo más andrógenos —las hormonas que en condiciones normales son predominantemente masculinas—, lo que genera el ambiente anovulatorio que impide la ovulación regular. Sin ovulación regular no hay menstruación predecible. Y sin menstruación predecible, muchas mujeres pasan años sin saber qué les ocurre.
Las consecuencias visibles (el acné, el hirsutismo, la irregularidad menstrual) son la superficie de algo más profundo. En el mediano y largo plazo, una mujer no diagnosticada o no tratada integralmente enfrenta riesgo elevado de desarrollar diabetes tipo 2, hipertensión, hipercolesterolemia y, consecuentemente, mayor riesgo cardiovascular.
“Un paciente no tratado adecuadamente puede desarrollar una diabetes tipo 2 que, con el paso del tiempo, aumente la aterogenesis a nivel coronario, a nivel cerebral, y conlleve a infartos o accidentes cerebrovasculares”, advierte Olavarría.
«No es mortal de manera directa. Es que condiciona, a largo plazo y sin tratamiento, consecuencias graves».
No existe un perfil único para esta condición; una mujer puede presentar ciclos menstruales completamente regulares y aun así padecer el trastorno metabólico subyacente | Foto Archivo
Viacrucis del mal
Aquí, en el espacio entre los síntomas y el diagnóstico, vive el costo humano real de este error histórico. El promedio de tiempo que tarda una mujer en recibir diagnóstico confirmado es de cinco a seis años. Durante ese tiempo, transita por múltiples especialistas.
Una adolescente con menstruaciones irregulares y aumento de peso inexplicable puede ser derivada al ginecólogo, que le receta anticonceptivos para regular el ciclo. El dermatólogo trata el acné de manera aislada. El nutricionista aborda el peso sin conocer el trasfondo hormonal.
Nadie mira el cuadro completo. «Al estar el viejo concepto tan ligado a los ovarios, muchas mujeres recibieron tratamientos anticonceptivos como reguladores menstruales, solapando el problema metabólico de fondo», explica el especialista. «Y una vez que comenzamos a tratar los desarreglos de manera integral, las pacientes iban mejorando. Perdían peso, la parte androgénica se corregía. Todo va regularizándose. Es un actor global, completo».
¿El dato esperanzador? Henry Olavarría lo tiene: «Entre 60% y 70% de las pacientes, solamente con cambios de hábito y una ligera medicación, corrigen el problema. Entre 20% a 30% restante, con un poco más de intervención, mejoran. Y solo quedarían muy pocos casos refractarios, por debajo del 5%».
Entre las recomendaciones figuran una dieta balanceada, así como ejercicio físico tres o cuatro veces por semana, además de medicación dirigida al síntoma específico que se quiera abordar. Y algo que el doctor subraya con especial énfasis: apoyo psicológico. Uno de los aspectos que el cambio de paradigma busca integrar de manera formal es este último componente.
Durante décadas, el impacto emocional de vivir con una condición mal diagnosticada, mal explicada y asociada a cambios físicos visibles fue tratado como un efecto secundario menor, cuando en realidad forma parte del cuadro clínico.
«La gente comienza a generar pensamientos fatalistas sobre su salud», señala Olavarría. «El apoyo psicológico es fundamental. Va con todo lo que mencioné: dieta, ejercicios, medicación. Hay que ver las cosas de otra manera. Y lo que se persigue con este cambio de paradigma es que sea amplificado a todas las esferas donde haya afectación».
La autoestima deteriorada, la ansiedad vinculada a la infertilidad percibida, el aislamiento social por cambios físicos que la paciente no comprende: todo eso tiene nombre dentro del síndrome ovárico metabólico poliendocrino. Y merece tratamiento, no consuelo.
Aunque es un trastorno que acompaña a la mujer a lo largo de su vida, un diagnóstico temprano y un manejo integral permiten mitigar sus efectos y garantizar una calidad de vida óptima | Foto Archivo
Sin filtros
—¿Por qué la medicina tardó casi un siglo en corregir esto?
Lo que hay es una miopía, una ceguera de no tratar una enfermedad que da manifestaciones en todo el cuerpo como si fuera una patología de un solo sitio. En vez de mirar el horizonte completo, estabas mirando por un microscopio. No tiene que ver con sesgo. Es que no se veía la totalidad.
—¿Puede una mujer tener síndrome ovárico metabólico poliendocrino sin presentar los síntomas visibles?
Sí, perfectamente. Porque puedes tener un mes con ovulación normal y todo lo demás alterado. Y al mes siguiente volver a caer en anovulación. En medicina las cosas no son 2+2 es 4. Es medicina, no matemática. Por eso es responsabilidad del paciente también hacerse sus exámenes con regularidad.
—¿Está el cuerpo médico preparado para diagnosticar sin el criterio visual de los folículos?
Tienes que ser amplio en tu abordaje. Si la enfermedad se entiende como metabólica y poliendocrina, el médico que no encuentre el patrón ecográfico esperado tiene otros marcadores que evaluar: el perfil hormonal, los indicadores de resistencia a la insulina, los síntomas androgénicos. La imagen del ovario pasa de ser el criterio principal a ser uno más dentro de un cuadro clínico más amplio.
—¿Debe el endocrinólogo tomar el liderazgo en lugar del ginecólogo?
Deben trabajar en equipo. No como islas. El objetivo es trabajar de manera multidisciplinaria para resolver un problema metabólico poliendocrino diverso. Aquí el paciente es el centro, no la especialidad.
Por su parte, cuando se le pregunta por la realidad venezolana, la respuesta del doctor Olavarría es honesta y matizada.
Reconoce la calidad de los médicos formados en el sistema universitario del país, muchos de los cuales siguen ejerciendo en hospitales públicos y formando nuevas generaciones. Pero también señala una particularidad epidemiológica: “Por el déficit calórico que hay en el país, la prevalencia de esta enfermedad es considerablemente menor en los estratos socioeconómicos más bajos, que representan la mayoría de quienes acuden a los hospitales públicos. Porque la condición está ligada al aporte calórico, al metabolismo del azúcar, a la resistencia a la insulina. Sin ese detonante, la expresión clínica es menor”.
Eso no significa que el problema no exista. Significa que el esfuerzo debe concentrarse en formación y política de información. “Lo que debe hacerse es una política de información y de formación a los estudiantes para abordar el problema de manera integral”.
Al tratarse de una disfunción endocrina, el abordaje clínico moderno exige la cooperación entre ginecólogos, endocrinólogos, nutricionistas y especialistas en salud mental | Foto Archivo
Reflexión sobre el error
¿Qué otra condición femenina está hoy en la misma sombra diagnóstica que estuvo el síndrome ovárico metabólico poliendocrino durante décadas? El doctor Henry Olavarría guarda silencio un momento largo antes de responder. «Las enfermedades de transmisión sexual, todas. Porque el tratamiento debe ser integral y no de un único género. Y no hay costumbre de tratar a los dos. Solo a uno. Ahí está el estigma».
El síndrome ovárico metabólico poliendocrino tardó catorce años en obtener un nuevo nombre y noventa en ser comprendido en su totalidad.
Lo que eso revela es la historia de millones de mujeres que fueron al médico, describieron sus síntomas con precisión, y salieron sin respuestas. No porque sus cuerpos mintieran. Sino porque la pregunta estaba mal formulada desde el principio.
«Este cambio fue impulsado con y para quienes se han visto afectados por la enfermedad», declaró Teede al presentar el consenso. «Estamos orgullosos de haber llegado a un nuevo nombre que finalmente refleja con precisión la complejidad de la afección».
Reflexiones
Noventa años.
Catorce de proceso.
Un nombre nuevo.
Y millones de mujeres que nunca estuvieron equivocadas.
Noti/Imágenes
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