Henrique Salas Römer

Venezuela tiene una historia política accidentada.

Despoblada y dispersa luego de la Guerra de Independencia, cayó en manos de caudillos que,al llenar el vacío sirvieron de anclaje y cimiento de una sociedad a la deriva.

Con Juan Vicente Gómez, comenzó la unificación.

El petróleo, o al menos su expectativa, le dio un primer asidero. Se creó la hacienda pública, un ejército nacional y con el correr de sus largos años mandando, una red de carreteras.

La Gran Depresión hizo el resto. Gómez llevaba más de dos décadas en el poder cuando se desató la caída, y al mantener una paridad cambiaria fija, de Bs. 3.35 al dólar, mientras las demás monedas se devaluaban, encareció la producción agrícola, destruyó su exportación y con ello la base económica de los caudillos regionales.

Gómez unificó el poder, pero nunca confió en Caracas. Aprovechó los talentos de la capital, pero mantuvo la presidencia lejos, en Maracay, a tres horas mínimo por carretera.

Luego de su muerte, el país -con sus avances y recaídas- evolucionó como un adolescente, hasta que en 1958 se inició una sólida experiencia democrática con gobiernos que anclados en la voluntad popular —y contando con una moneda sólida — convirtieron una nación esencialmente rural en una realidad moderna y promisoria.

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El poder ya había regresado a Caracas de manos de los andinos, López Contreras, Medina, Pérez Jiménez, —— pero el poder económico seguía disperso.

Su fuente principal de ingresos, el petróleo, se gerenciaba desde Texas, Londres y Ámsterdam. Caracas sólo recibía la renta. Y -por decisión expresa de sus primeros gobiernos democráticos, los de Romulo, de Leoni y de Caldera, la actividad productiva fue distribuida.

Eran gobiernos centralizados, respaldados por partidos centralistas, pero con una óptica geográfica muy clara.

Se crearon polos periféricos de poder.

La protección de la industria manufacturera favoreció sobre todo a Valencia por su proximidad a un gran puerto y a los mayores mercados. Nació allí un sólido eje industrial.

En la convergencia del Orinoco y el Caroní surgió otro eje y una ciudad portentosa. Allí se concentró la industria pesada, y la generación hidroeléctrica.

Maracaibo, con una economía históricamente independiente, fue fortalecida con la construcción del portentoso puente sobre el Lago que la puso en sintonía con la pujante economía petrolera de su costa oriental.

Los Andes siempre fueron autóctonos. Mérida con su agricultura, el turismo y su pujante vida universitaria. Táchira con su riqueza agrícola y pecuaria, y el dinamismo del comercio binacional.

Barquisimeto se afianzó como eje dinámico del comercio centro-occidental.

Solo el Oriente quedó rezagado, aunque aún allí hubo esfuerzos públicos y privados: Lecherías, es un ejemplo. Otro, la zona franca de la Isla de Margarita.

La nacionalización del petróleo en los años ´70 rompió ese equilibrio de un golpe. Admirablemente bien ejecutada en lo técnico, la nacionalización -sin embargo- desplazó el poder sobre la industria de sus centros corporativos en el exterior y los trajo a Caracas.

La industria pesada también fue nacionalizada y Caracas dejó de ser sólo sede del poder político.

Al empoderar la capital, dueña ahora de todos los poderes, se fue destruyendo el equilibrio geográfico que los primeros gobiernos democráticos habían logrado crear.

Con el tiempo, el gobierno venezolano se convirtió en un imán. Un foco de atracción de población, y un espacio idílico para las aspiraciones políticas y también para la avaricia. La presidencia misma se convirtió en un botín.

El responsable fue CAP quien recibió una bonanza petrolera y – envuelto en aquella locura- destruyó todo un proyecto de país.

Sus sucesores no pudieron controlar el aluvión. Al igual que CAP, solo dejaron huellas perdurables de sus buenas intenciones, las Becas Gran Mariscal de Ayacucho, los Museos de Arte, las instalaciones deportivas, las Comisiones Tripartitas, la sonrisa bonachona.

Cuando llegó el Caracazo, CAP -de vuelta en el poder- intentó corregir el rumbo -desandar los frutos de su primera gestión y del declive subsiguiente- promoviendo y logrando una exitosa descentralización. Fue, si se quiere, una acción análoga pero distinta a la de los padres fundadores.

Pero llegó tarde. Los intereses oscuros que se habían anidado en Caracas se volcaron en su contra. Primero lo condenaron a prisión, y luego condenaron al país.

Cuando en el ´98 los partidos colapsaron, le entregaron el poder a Chávez y por su intermedio a Fidel.

Con ello, y con una corrupción cuidadosamente cultivada, se militarizó el poder al tiempo en que se marchaba toda la riqueza -y gran parte del capital humano- de un país con un pasado heroico que hoy, sumido en la pobreza, ha perdido su independencia y su libertad.

Esa es la cuesta que nos toca remontar.

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