Por Abogado Gustavo Duque Largo

 

La decisión de la administración Trump de no priorizar el regreso de María Corina Machado para liderar Venezuela, mientras mantiene comunicación con figuras del chavismo como Delcy Rodríguez o Jorge Rodríguez, no responde a un capricho ideológico ni a una traición a los valores democráticos. Responde, en cambio, a una lógica fría y milenaria: la del imperio que cuida sus intereses materiales por encima de cualquier otra consideración. Para entender esta postura, hay que despojarse del maniqueísmo entre buenos y malos y observar el tablero geopolítico con los ojos del realismo político, donde el petróleo pesa más que las banderas.

El primer elemento que salta a la vista es la contradicción aparente. Si Estados Unidos dice defender la democracia, ¿por qué no impulsa con todas sus fuerzas el retorno de la líder opositora más reconocida internacionalmente? La respuesta está en el temor a la inestabilidad. Una transición abrupta con Machado al frente podría desencadenar una lucha interna por el poder que paralice la industria petrolera, el único activo que realmente le importa a Washington en la región. Mantener en el cargo (aunque bajo supervisión y presión) a tecnócratas del chavismo como Delcy Rodríguez asegura continuidad operativa en la estatal PDVSA y evita el vacío de poder que ninguna potencia desea tener en su patio trasero.

El segundo eje de esta estrategia es el control directo sobre los recursos. El propio Donald Trump ha sido explícito al señalar que el petróleo venezolano debe ser “recuperado” por empresas estadounidenses, utilizando un lenguaje que remite a la apropiación más que a la cooperación. En este esquema, los Rodríguez y Cabello no son vistos como enemigos irredimibles, sino como interlocutores funcionales que, sometidos a la presión de sanciones y amenazas militares, pueden garantizar que el crudo fluya hacia el norte. La cooptación de las élites locales para administrar los recursos en beneficio del hegemón es una práctica que tiene siglos de vigencia en el continente.

Sin embargo, esta apuesta no está exenta de costos políticos. La comunidad internacional, incluidos aliados tradicionales como España, Chile y Brasil, ha rechazado la intervención militar y la imposición de un nuevo orden por la fuerza. Muchos analistas comparan el escenario con un “consulado imperial” donde se instala una figura dócil, pero el descontento popular y la fractura interna pueden convertir esa estabilidad aparente en un polvorín a mediano plazo. Apostar por los mismos actores que han saqueado al país durante dos décadas para garantizar el orden es, cuando menos, una apuesta de alto riesgo.

En definitiva, la “no vuelta” de Machado y el “apoyo” a los antiguos aliados de Maduro no es una contradicción en la política exterior de Trump, sino su expresión más coherente: el interés nacional estadounidense se define en barriles de petróleo, no en votos ni en derechos humanos. Mientras esa prioridad se mantenga, cualquier líder opositor será bienvenido solo en la medida en que no perturbe el flujo del crudo. El drama venezolano, una vez más, queda subordinado a una agenda que no se escribe en Caracas ni en Miami, sino en los despachos de Houston y Washington.

Diplomático,  Periodista y Analista político[email protected]

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