Mariana Pulido y Gael Reverón, esposa e hijo del preso político Jesús Reverón, fueron de los miles de afectados por los terremotos en La Guaira. Piden una medida humanitaria en favor del excomisario del Cicpc pues no cuentan con mayor familia que los atienda mientras curan sus heridas en Valencia (estado Carabobo). Su hijo ha clamado por ver a su padre de nuevo tras la tragedia

«Si mi papá estuviera aquí ya nos hubiese salvado», le repetía una y otra vez Gael Reverón, de nueve años, a su mamá Mariana Pulido. Ambos quedaron atrapados durante 26 horas entre los escombros del edificio Palma Real, ubicado justo frente a playa Los Cocos en La Guaira, una de las zonas más afectadas por el doblete sísmico de hace una semana.

El papá de Gael y esposo de Mariana es el comisario del Cicpc Jesús Reverón, quien está detenido desde hace cuatro años por el supuesto secuestro de una nieta de Nicolás Maduro. Pero tras dos juicios donde no se han presentado pruebas contundentes, familias del caso han asegurado que se trata de una «simulación» y piden la libertad inmediata para el funcionario y otros cinco hombres detenidos en la cárcel del Rodeo III, con condenas a 30 años de prisión.

«Nosotros necesitamos una medida humanitaria, que lo liberen porque mi hijo necesita a su papá. Nosotros estamos solos, necesitamos su cuidado, más que todo por la salud emocional y mental del niño. Esto nos ha afectado demasiado, de verdad lo necesitamos fuera. Él ya tuvo dos juicios donde se demostró su inocencia, entonces por qué sigue tras las rejas. Por eso el llamado a Delcy Rodríguez para que por favor haga justicia, ¿qué más quieren de nosotros? Estuvimos a punto de perder la vida», expresa Mariana a TalCual desde el hospital central de Valencia (estado Carabobo), donde se encuentra recluida.

Mariana ya está en recuperación pero tiene un pie fracturado, múltiples contusiones en todo el cuerpo, en la cara, al igual que quemaduras. Su hijo también tiene múltiples golpes y una de sus piernas fue inmovilizada por una quemadura al arrastrarse. También está en constante revisión por retención de líquidos y los médicos monitorean su función renal.

Cuenta que la tarde de ese 24 de junio «no les dio tiempo de nada», porque en 30 segundos –calcula– ya se había desplomado por completo su apartamento. Mariana estaba en su cuarto y su hijo en su propia habitación cuando recibió la primera alerta en el celular de terremoto.

«Yo la vi, me levanto y automáticamente me llega otra notificación y la casa empieza a moverse. Yo corro al cuarto de mi hijo y le digo ‘papi, está temblando’ y la cama de él estaba saltando, moviéndose. Yo le agarro la mano y cuando me doy vuelta hacia la sala, ya la sala se estaba cayendo. La fachada, yo vi clarito cuando se estaba cayendo como una galleta«, relata.

Cuando Mariana se dio la vuelta para salir por la entrada principal, ya el cuarto de su hijo se estaba desplomando al vacío. «En ese momento, me cae un bloque en la cara, me tumba al suelo pero no pierdo el conocimiento. Yo suelto a mi hijo, cierro y abro los ojos, lo vuelvo a agarrar y lo cubro con mi cuerpo, le hago como una llave: lo sujeté con mis piernas y lo tapé con mi cuerpo. En ese momento que hago eso, siento cuando el piso se desprende y caemos hacia el vacío».

En esa caída pudo saltar, sus piernas quedaron hacia arriba y golpeó contra una estructura, «pero nunca le solté las manos a mi hijo, él bajó un poquito y cuando veo hacia arriba una pared inmensa nos cayó encima, como con una diferencia de cinco dedos de distancia de mi cuerpo hacia la pared. Cuando esa pared nos cae encima se empieza a escuchar todo lo que venía cayendo, como plo plo plo, todo lo que nos iba cayendo».

Mientras le caían escombros sintió los estragos del segundo terremoto. El movimiento, dice, era un sacudón de lado a lado hasta que por fin todo se detuvo.

«Yo le digo a mi hijo que se revise, le digo ‘papi, ¿están bien? Revísate’ y me dice ‘sí mamá’. Yo caí acostada de frente, con las piernas hacia abajo y mi hijo cayó en el medio de mis piernas, la cabeza de él cayó en mi pelvis, me cayeron unas mesas que me imposibilitaban mover las piernas, cayó una viga del aire acondicionado central en todo el pecho de mi hijo con una diferencia de dos dedos, imagínate el milagro. Yo le toqué el pecho y la cabeza, era lo que podía. A él le quedó una pierna enterrada y por eso no podía moverla».

Tosieron por la cantidad de polvo y vino la desesperación de Gael, quien no entendía la situación y empezó a preguntar qué estaba pasando.

–Cálmate hijo, respira profundo porque no podemos respirar apresuradamente. No sabemos qué tanto oxígeno nos queda, hay que mantener la calma, estamos en un terremoto y hay que esperar a que nos rescaten, eran las respuestas de Mariana’.

«Él lloraba, que no quería perder su pierna, que lo ayudara, que lo sacara y yo imposibilitada. Nadie nos ayudaba, ahí pasamos debajo de los escombros 26 horas. Yo digo que durante las primeras ocho o 10 horas permanecí en la misma posición en que caímos, aguantando todo el dolor del mundo. Caí como en un hueco y golpeé la espalda, las piernas, los glúteos. Me dolía horrible y no sentía una pierna».

Mariana pensó que la iba a perder «porque la presión de lo que me había caído encima era muy tremenda», pero tampoco se atrevía a moverla por temor a remover la viga que quedó justo encima de su hijo. «Si bajaba esa viga, le podía terminar de caer en el pecho y fallecer mi hijo, eso era lo que pensaba. La prioridad siempre fue mi hijo, si me pasa algo a mí, si tengo que perder la pierna o el ojo, porque no podía ver bien donde me cayó el bloque, pues pensaba que perdía la pierna y el ojo pero que mi hijo esté bien».

«Él nos va a mandar a buscar»

Mariana y su hijo pasaron horas en la misma posición debido a las vigas y escombros que tenían encima; sin embargo, tuvieron la oportunidad de moverse hacia una parte donde les llegaba más oxígeno y podían gritar para pedir auxilio.

En todo momento, dice Pulido, le pidió a Dios que Gael lograra salir con vida. «Me encomendé a Dios, mi hijo le rezaba a Dios como no tienes idea. Los dos orábamos, que no nos dejaran morir, que nos sacara de ahí, siempre mantuvimos la fe de que eso iba a ser así».

A las 10 horas de estar atrapados, relata la mujer, escuchó a unas personas. «Yo hice bulla, gritaba con todas mis fuerzas ‘auxilio, ayuda’, me escucharon pero dijeron que no podían auxiliarnos porque no tenían las herramientas necesarias y debido a la posición en que estaba e imposibilitada, porque no podía moverme, iban a tratar de ayudarme y se fueron».

Esas personas no regresaron con el pasar de las horas. «Mi hijo lloraba y decía ‘si mi papá estuviera aquí, me decía, a nosotros ya nos hubiesen rescatado’, porque nosotros no tenemos familia en La Guaira. La mayoría de las personas que estaban buscando eran sus familias, quién iba a preguntar, a velar por nosotros si mi familia toda vive lejos».

«Él lloraba y decía ‘si mi papá estuviera aquí ya nos hubiese salvado, nos hubiese rescatado’. Yo le decía ‘hijo, tu papito está bien, él nos va a mandar a buscar’. Todo para mantenerlo tranquilo, la calma y que no le fuera a dar una crisis», dice.

Mariana también cree que ella y su hijo fueron rescatados porque uno de sus tíos, quien vive en Guanare, salió inmediatamente a buscarlos tras enterarse de los terremotos. Llegó a La Guaira de noche con voluntarios y rescatistas

«Por eso nos pudieron rescatar», insiste. Pero mientras pasaban las horas atrapados, por lo que decidió «buscar las maneras» para poder sacar las piernas, subir más arriba, alcanzar un poco más de aire y gritar, seguir gritando para que la escucharan en medio de toneladas de escombros.

El edificio Palma Real, ubicado frente a playa Los Cocos (La Guaira) quedó completamente destruido tras el doble sismo del 24 de junio

«Adicional a eso, a mí me había caído una tabla en el pecho que no me dejaba respirar bien y yo sentía que estaba perdiendo el conocimiento, pero ahí pensé que no lo podía permitir, que yo tenía que sacar a mi hijo, la fuerza fue siempre por mi hijo».

Esa tabla la movió hacia adelante y atrás varias veces hasta que logró partirla. Le dijo a su hijo que debía ayudarla para poder sacar las piernas: mientras Gael se movía a la derecha, ella podía sacar su pierna derecha. En el proceso dejó la piel pegada a los escombros.

«Hubo un momento en que pensé que no lo iba a lograr, porque donde tenía que pasar la pierna había una piedra inmensa que me cayó. Sin embargo, mi hijo me dio toda la motivación del mundo. Me decía ‘mamá tu puedes, eres la mejor del mundo, ayúdame, sálvame, no nos vamos a morir‘. Todo eso me dio motivación y lo encomendaba a Dios. Como pude me raspé las piernas y el glúteo, me los dejé en carne viva, pero pude sacar las piernas».

Lo primero que hizo tras liberarse fue chequear si la viga sobre su hijo había cedido. Al ver que no, giró en sentido de las agujas del reloj, puso su cabeza hacia abajo y logró liberarle la pierna a Gael. Se volteó nuevamente y ambos subieron al espacio donde llegaba más aire.

«Ahí comenzamos a gritar, a pedir ayudar, pero nadie nos ayudaba. Mi hijo se estaba deshidratando. Me tuve que orinar encima y con eso tratar de mojarle los labios. Yo casi pierdo el control de lo duro que gritaba y pedía ayuda. Yo sentí que nadie nos iba a ayudar, sentí que nos íbamos a morir ahí porque pasaban las horas y nada. Lo peor es que no se escuchaba nada, no se escuchaba gente trabajando o sacando a otra gente. El silencio era lo que más nos aturdía, como si nadie supiera que estábamos vivos».

Las horas siguieron pasando hasta que Mariana escuchó que la llamaban. Empezó a gritar y golpear con una piedra hasta que escuchó la voz de su tío. «Estamos aquí, ya te vamos a sacar, tienes que resistir», le dijo.

Cuenta que tardaron como cuatro horas en llegar al punto donde estaba. «Ellos iban martillando, trabajando con las uñas porque no tenían herramientas, esas personas son unos héroes. Los rescatistas son unas personas que les debemos la vida mi hijo y yo. Cuando nos dicen que nos van a sacar sentí un alivio tan profundo, mi hijo comenzó a llorar y decía que Dios nos salvó, que Dios nos rescató».

El martilleo ocasionó otro problema: una de las paredes fue cediendo poco a poco. Mariana lo gritó y los rescatistas siguieron la tarea con mayor cuidado. «Primero sacaron a Gael y luego me sacaron a mí. De ahí nos llevaron al hospital donde nos dieron los primeros auxilios y luego nos trajeron al hospital central en Valencia donde estamos ahora».

«Yo sentí la misericordia de Dios, que Dios me había escuchado, un agradecimiento inmenso», asegura.

Mariana tiene una tía que la está ayudando mientras está recluida junto a su hijo, pero trabaja «y no puede hacerlo todos los días. Entonces no tenemos realmente quien nos atienda y cuide, más que mi tía. Por eso necesitamos con urgencia a mi esposo y Gael a su papá».

Tal Cual -Noti/Imágenes

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