La compañía presentó Astra con diez problemas matemáticos resueltos que llevaban décadas sin avanzar. Dos meses antes, más de mil matemáticos ya habían advertido sobre exactamente este momento. La pregunta que dejaron planteada no era si la IA podía resolver matemáticas. Era si alguien podría seguir explicándolas después  

Garry Kaspárov se levantó de la mesa después de perder la sexta partida contra Deep Blue en el ahora lejano 1997, y pudo explicar, jugada por jugada, exactamente por qué había perdido. La máquina lo venció, pero no lo dejó a oscuras: cada movimiento era rastreable, cada decisión, comprensible para cualquier gran maestro que revisara la partida después. Casi treinta años más tarde, la matemática se enfrenta a una máquina distinta. Esta no solo gana. A veces, ni siquiera explica cómo lo hizo.

OpenAI presentó Astra, el nombre oficial de lo que la compañía describe como su próximo modelo principal. Junto al anuncio llegó algo más inquietante que una simple actualización de producto: una versión interna del sistema había resuelto diez problemas matemáticos abiertos, varios de ellos sin ningún avance registrado durante al menos una década. El costo total de cómputo, según la propia empresa, no superó los 2.000 dólares.

¿Verificar es lo mismo que entender?

Cada uno de esos diez resultados viene acompañado de una revisión automática: un programa especial comprueba, paso por paso, que el razonamiento no tiene errores lógicos. Es algo parecido a un corrector ortográfico, pero para demostraciones matemáticas: no dice si el argumento es interesante o brillante, solo confirma que no hay ningún fallo en la cadena de razonamiento. El paquete completo que publicó OpenAI sumó cerca de 300 páginas entre argumentos y explicaciones del proceso. Según la empresa, ese programa no encontró ni un solo error.

Pero hay una distancia entre poder verificar un resultado y poder explicarlo. (Y esa distancia, en matemáticas, no es un detalle menor: es casi el corazón de la disciplina). Kaspárov perdió, pero entendió su derrota. La pregunta que empieza a inquietar a los matemáticos es si ellos podrán decir lo mismo cuando les toque revisar el expediente de Astra.

Tres problemas de un hombre que pagaba 25 dólares por cada solución

Los diez problemas que resolvió Astra pertenecen a áreas muy distintas de las matemáticas avanzadas: desde cómo se acomodan figuras geométricas en espacios que la mente humana no puede visualizar, hasta preguntas centrales de la criptografía, la ciencia que protege contraseñas y datos privados en Internet. Tres de esos problemas pertenecían a la lista de Paul Erdős, el matemático húngaro que durante décadas ofreció cheques de 25 dólares —casi ninguno cobrado, casi todos guardados como trofeo— a quien lograra resolver alguno de sus enigmas. Thomas Bloom, quien administra el archivo digital de esos problemas, calificó los resultados como una gran noticia en la red social X.

La comparación con Deep Blue resulta tentadora, y varios medios ya la usaron. Pero es una comparación incompleta. En el ajedrez, el resultado de una partida es inmediato: se gana, se pierde o se empata, sin margen de interpretación. En matemáticas, una demostración puede tardar meses en revisarse, puede esconder un supuesto no declarado, o puede ser correcta pero mucho menos relevante de lo que parecía al principio. Astra no jugó una partida. Presentó un expediente. Y ese expediente todavía espera que alguien, humano, lo firme.

La pregunta que los matemáticos ya se habían hecho dos meses antes

Astra no llegó a un terreno neutral. En junio de este año, más de mil matemáticos —entre ellos el medallista Fields Peter Scholze, junto con Kevin Buzzard y Leslie Ann Goldberg— firmaron en menos de 24 horas la Declaración de Leiden, respaldada oficialmente por la Unión Matemática Internacional. El documento formula, sin rodeos, la pregunta que probablemente defina esta década: qué ocurre cuando una demostración deja de ser obra de una mente humana y pasa a depender de un programa que es propiedad privada de una empresa, y que nadie más puede revisar por dentro.

La declaración no nace de un miedo abstracto. En mayo de 2026, investigadores de OpenAI ya habían resuelto —con un único mensaje a un chatbot— el problema de la distancia unitaria, un enigma de geometría con 80 años de antigüedad. Y en febrero, la propia OpenAI había presentado soluciones para el desafío First Proof que, tras la revisión de especialistas, resultaron parcialmente incorrectas. Ese antecedente explica por qué ningún matemático serio está celebrando todavía: los diez resultados de Astra aún no cuentan con una revisión independiente pública y completa.

Lo que Sam Altman mostró en Washington, y lo que calla

Antes de hacer público el anuncio, Sam Altman presentó Astra en una demostración privada a legisladores en Washington D.C., donde explicó que el sistema permite que varios agentes de IA colaboren entre sí en distintas partes de un mismo problema durante periodos prolongados. El modelo todavía no está disponible públicamente, y OpenAI no ha confirmado si llegará como una actualización de la familia GPT o bajo un nombre completamente nuevo. Mientras tanto, el matemático Bharath Ramsundar resumió con una imagen incómoda lo que está en juego: la comunidad, advirtió, corre el riesgo de construir una torre cada vez más alta de resultados que por ahora solo son “quizás verdaderos”.

Kaspárov salió de aquella sala en 1997 derrotado, pero con las herramientas intactas para seguir siendo uno de los mejores ajedrecistas del planeta durante años. Lo que la matemática está a punto de descubrir es si puede decir lo mismo de sí misma cuando la máquina no solo gana la partida, sino que empieza a jugar en un tablero que ya no todos alcanzan a ver por completo. La pregunta de Leiden sigue sin respuesta. Astra, por ahora, solo la volvió más urgente.

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Por Amenhotep Planas Raga

Nuestro editor es licenciado en comunicación social con maestrías en Televisión y en Ciencias de la Comunicación y doctorante en Ciencia Política. Filólogo y comunicólogo.

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