El equipo nacional transformó la frustración de la eliminación en el torneo 2023 en el impulso para lograr su victoria más grande de todos los tiempos. Lo más granado del talento criollo jugó una pelota de lujo para vencer a EE UU
Por Williams Brito
Venezuela alcanzó la gloria al jugar una pelota de alto quilates. La concentración fue clave para la ejecución de las estrategias | Foto Archivo
Hace un mes, Venezuela tocó el cielo deportivo. Lo mejor del beisbol nacional —jugadores y un equipo multidisciplinario— venció a la máxima potencia de la disciplina, Estados Unidos, para conquistar el Clásico Mundial en el loanDepot Park de Miami. La hazaña se dio ante el delirio de decenas de miles de fanáticos venezolanos en el estadio y de un país entero que celebró el triunfo más importante de su historia.
Fue una conquista cimentada en el juego calculado. La suma de talento, el conocimiento del staff de coaches, scouts y gerentes comandados por el mánager Omar López, así como la ejecución impecable en momentos apremiantes, permitieron a la escuadra nacional derribar cada obstáculo hasta alcanzar la ansiada corona.
“Nos ayudó mucho la experiencia que vivimos en el Clásico Mundial 2023”, afirma Aracelis León, presidenta de la Federación Venezolana de Beisbol y arquitecta de la estructura que llevó al equipo a lo más alto. “Trabajamos de forma ordenada para analizar qué nos faltó y qué necesitábamos para ganar esta vez”.
Venezuela aprendió la lección tras ser eliminada por Estados Unidos en los cuartos de final de 2023. “Debo confesar que ese día lloré amargamente. Todo se desvaneció con un batazo. Lejos de lamentarnos, corregimos, porque la meta era ganar este Clásico de 2026”, agrega León, la dirigente que ha modernizado la gestión de Fevebeisbol.
El proceso hacia la gloria
Omar López se mantuvo al mando de la selección durante el Premier 12, torneo donde pudo descifrar el estilo de juego de potencias asiáticas como Japón. El resto fue una difícil carpintería: negociar permisos con las organizaciones de Grandes Ligas, gestionar las ausencias y, sobre todo, blindar el ánimo del grupo. “La química de 2023 se trasladó a los nuevos integrantes. Entramos en un plano espiritual, con Dios por delante, y todos dejaron de lado los egos”, recuerda León.
El camino al éxito
La noche del 17 de marzo de 2026 quedó grabada en la identidad del país. En la apertura del noveno inning, luego de que Bryce Harper empatara el duelo 2-2 en el cierre del octavo, Eugenio Suárez disparó un doblete que impulsó a Javier Sanoja —quien previamente se había estafado la segunda base— para poner el 3-2 definitivo. Daniel Palencia completó un rescate de antología al cerrar el encuentro ponchando a Roman Anthony.
El torneo fue una exhibición de dominio. Maikel García se alzó como el Jugador Más Valioso, mientras que el cuerpo de lanzadores, guiado por el dos veces Cy Young Johan Santana, registró una brillante efectividad de 1.80, permitiendo apenas ocho carreras limpias en 37.2 entradas. También la defensa no dio oportunidades y apenas cometió un error en siete juegos.
“El grupo de pitcheo se lo creyó. No nos intimidó nadie y los lanzadores cumplieron las instrucciones con precisión”, destacó Santana durante los festejos. Por su parte, Omar López confesó: “Soñaba con este momento. Hay un grupo que hizo un trabajo milimétrico y aquí están los resultados”.
Un trofeo para el pueblo
En su ruta al título, Venezuela superó a Países Bajos (6-2), Israel (11-3) y Nicaragua (4-0), cayendo únicamente ante República Dominicana (7-5) en la primera ronda. En la fase de eliminación directa, despachó a la favorita Japón (8-5) en un duelo memorable, y en semifinales apagó el fuego de Italia (4-2), dirigida por Francisco Cervelli, antes del choque final contra los norteamericanos.
Hoy, el trofeo del Clásico Mundial recorre varios estados de Venezuela como símbolo del mayor logro deportivo nacional. “Pasarán muchos Clásicos, pero el país siempre recordará este 17 de marzo como el día en que vivió su emoción más grande”, sostiene Aracelis León. La gesta ya es eterna, equiparable a aquel Mundial de 1941, cuando la selección superó a Cuba para obtener su primera corona.
Más allá del triunfo en el campo, el gentilicio venezolano cobró fuerza en el plano internacional. Estadounidenses, japoneses y todos los que vieron a la fanaticada criolla en el estadio se contagiaron con la forma de vivir la pelota en el país. Queda el recuerdo del título, pero también el baile de tambor y el grito de los aficionados en las tribunas (y los que siguieron el evento por los medios). «¡Poooonche! ¡Poooonche!»
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