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Duglenis Rincón

     Salir de la zona de confort con mi familia, no fue una decisión fácil, nos tomó meses de conversación e incluso discusiones, a tantos sentimientos encontrados le sumamos mucho llanto, cada  día cercano a la fecha de partida, cada objeto del cual nos desprendíamos y salía a la venta, sentíamos que ya no quedaban  lágrimas  en  nuestros  ojos.

     Fue muy duro dejar a un lado nuestras raíces, las costumbres, despedirse de la familia, de las amistades, dejar el hogar que con mucha alegría y esfuerzo habíamos construidos, que el hijo dejara la escuela que lo formó desde niño, renunciar al trabajo del que nos sentíamos realizados profesionalmente, fue muy duro.

     Nunca pensamos migrar, recuerdo cuando el primero de mis  hermanos partió a Chile, dije con mucho dolor pero consciente a la vez “es joven, busca un cambio” no pensamos seguirlo en ese momento; pasado unos meses, otro de mis hermanos se suma al camino, pese a que la familia se estaba separando de a poco, no  estaba aún en nuestros planes salir de Venezuela.

     En menos de un año todo cambió, la situación país se puso insostenible y nuestro día a día cambió por completo; de allí entonces la dura decisión de dejarlo todo y partir a Chile, con una convicción bien clara, nos vamos, pero los tres juntos para lo que salga.

    Sin embargo, pese a estar juntos, hoy podemos decir que migrar nos hizo sentir el peso duro de la soledad, a intentarlo de nuevo, una y otra vez,  a aprender a vivir con el corazón y la mente en más de un lugar, a afrontar desafíos que nunca creíamos poder superar, a adaptarnos a nuevas costumbres y cultura.

     Todo lo sentíamos ajeno, nos impresionaba las calles, su geografía, el dialecto, sus modismos, las tradiciones, la moneda Chilena, hasta los supermercados abastecidos y lo más  asombroso, vivir y disfrutar las cuatro estaciones del año, algo nunca visto para nosotros.   

   Migrar nos llevó a vivir unos de los momentos más dolorosos como familia, la partida física de mi papá, aunque agradecida con Dios porque estaba acá con nosotros y nos pudimos despedir de él.

    Migrar nos dio a experimentar una vez más el “Dios Provee”, a mostrar la inmensa bondad del Todopoderoso en los momentos difíciles, a descubrir que nuestros planes no son los mismo que los de Dios, nos enseñó a vivir el hoy y a fortalecernos como pareja y familia.

     Migrar nos llevó a disfrutar de cosas nuevas, a desempeñarnos en funciones laborales que nunca habíamos realizado; en mi caso, dejar a un lado la comunicación audiovisual e institucional, para convertirme en cajera y dependiente de una cafetería, hoy en trabajo administrativo, lo más irónico es que la atención al público ha sido mi mayor fuente de empleo.

     Si bien es cierto, estoy físicamente alejada de los medios de comunicación y de la política, mi mente y vocación por la información sigue viva, me pregunto, ¿valió la pena? Mi esposo renuncia a su pasión por la producción de televisión y eventos musicales, para convertirse en atendedor de una estación de servicio, de nuevo me pregunto, ¿valió la pena?

    Ya son ocho  años fuera de Venezuela, muchos cambios vividos, con nuevas experiencias e intercambios de cultura, en lo personal pasando por muchos problemas de salud, pero sintiéndome atendida, acogida, acompañada  y con un buen seguro médico.     

     Hoy los tres podemos decir que si valió la pena tanto sacrificio y llanto, ya que estamos estables, seguros, preparados para nuevos desafíos y lo más importante: seguimos unidos.

      A Chile, muchas gracias por abrirnos las puertas, por permitir que nuestro hijo se forme en una prestigiosa Universidad, con el deseo de cumplir una de sus metas, ser Productor de Cine y Televisión, sintiéndonos como padres profundamente orgullosos. A Chile gracias por darnos techo, trabajo y sentirnos bienvenidos, acá seguimos, aunque fuera de nuestro país, estamos los tres juntos para lo que salga.            

Lcda. Duglenis Rincón, CNP 445

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