Por: Abog. Gustavo Duque Largo  

Hay un ejercicio que todo venezolano debería hacer en estos días, aunque duela. Sentarse en silencio, apagar el ruido de las redes sociales y preguntarse: ¿qué país queremos heredar dentro de diez años? No el que soñamos en la adolescencia, no el que pintaban los carteles de la revolución, sino el que realmente podemos construir con los escombros que nos dejan cuatro décadas de malas decisiones, corrupción sistémica y un petróleo que terminó siendo más maldición que bendición. La respuesta, incómoda para los extremos de ambos lados, pasa por aceptar que la soberanía absoluta es un lujo que un país en bancarrota no puede permitirse, pero que la entrega total es una traición que ningún gobierno digno cometería. En ese estrecho y resbaladizo filo se mueve la única opción sensata: un Plan Marshall condicionado, pero bien negociado, no como un cheque en blanco, y con María Corina Machado liderando ese proceso. No porque sea perfecta, sino porque es la figura que concentra el rechazo al chavismo y, al mismo tiempo, la única que podría venderle al pueblo un sacrificio temporal sin que la quemen en la plaza.

Empecemos por lo obvio, aunque muchos prefieran ignorarlo: Venezuela no se recupera sola. No hay capital interno, no hay crédito internacional, no hay maquinaria industrial funcional, no hay electricidad confiable, no hay refinerías operando al treinta por ciento de su capacidad. El país que dejó el chavismo no es una nación en crisis, es un cadáver económico con respiración artificial. La independencia total, esa que suena tan hermosa en los discursos de la oposición más radical, sería condenar a los venezolanos a otros veinte años de escasez, emigración y pobreza. Porque el petróleo, aunque siga bajo tierra, no se convierte en comida ni en medicinas sin inversión, sin tecnología y sin mercados. Y los mercados, como los bancos, no prestan dinero a quien acaba de salir de una dictadura sin garantías de que ese dinero no termine en cuentas de Panamá. Dicho de otro modo: la independencia sin condiciones es el camino más corto hacia el fracaso y el regreso del chavismo por la vía del descontento popular.

Pero el Plan Marshall no es la solución mágica que algunos pintan. No se trata de que Estados Unidos abra la billetera por bondad, ni mucho menos. El Plan Marshall original, el de la posguerra europea, fue un instrumento geopolítico para contener a la Unión Soviética, no un acto de caridad. El que hoy podría aplicarse a Venezuela tendría el mismo ADN: Washington quiere asegurarse el petróleo, debilitar la influencia rusa y china en la región, y enviar un mensaje claro a Cuba y Nicaragua. Eso no es malo en sí mismo, siempre que se negocie con los dientes apretados y la calculadora en la mano. Un gobierno de María Corina Machado tendría que sentarse en la mesa con la camiseta de Venezuela puesta, no con la de Miami, y exigir que cada dólar que entre tenga un destino claro, fiscalizado por una comisión mixta donde los venezolanos tengan mayoría, y no por un contralor designado desde la Casa Blanca. No se puede permitir que el petróleo del futuro se hipoteque a cincuenta años sin un tope claro, ni que las empresas gringas se lleven el noventa por ciento de las ganancias mientras el pueblo se queda con las migajas. Ahí está el arte de la negociación, y ahí es donde se juega el prestigio de MCM como estadista.

El mayor desafío de ese acuerdo no será técnico ni financiero, sino político y emocional. El chavismo residual, que no desaparecerá con un cambio de gobierno, usará cada cláusula del convenio como arma de propaganda: dirán que Machado vendió la patria, que entregó PDVSA, que se arrodilló ante el imperio. Y tendrán eco en sectores de la izquierda radical y en algunos nacionalistas de derecha que prefieren la pobreza antes que la humillación. Por eso, el éxito del plan no dependerá solo de los dólares que lleguen, sino de la capacidad del nuevo gobierno para comunicar con crudeza y transparencia: esto es un puente, no un destino; estos cinco años serán de ajuste, pero al final tendremos escuelas, hospitales y luz las veinticuatro horas. Machado tendrá que hablarle al pueblo como se habla a un adulto, no a un niño, explicando que cada barril que hoy se vende para pagar deuda es un barril que mañana no tendrá que pagar la siguiente generación. Si lo hace con honestidad, si publica cada contrato en internet, si permite que la sociedad civil vigile cada gasto, entonces el costo político se reduce y el Plan Marshall deja de ser un entreguismo para convertirse en un salvavidas.

Hay un precedente cercano que pocos mencionan: Colombia, durante el Plan Colombia, aceptó condiciones duras de Estados Unidos en materia militar y antidrogas, pero supo mantener su soberanía económica y su modelo de desarrollo. No entregó Ecopetrol, no cedió su política cambiaria, y logró que la inversión norteamericana no fuera un cheque en blanco sino un programa con metas verificables. Venezuela puede hacer lo mismo, pero mejor, porque tiene un recurso que Colombia no tenía en esa época: la urgencia humanitaria y la simpatía internacional que genera un pueblo que ha resistido una dictadura. Ese capital moral hay que usarlo como moneda de cambio para pedir condiciones menos lesivas: plazos más cortos, tasas de interés más bajas, flexibilidad para renegociar si los precios del petróleo caen. Machado, con su historial de lucha contra el chavismo, tiene el crédito suficiente para sentarse y decir «hasta aquí» sin que la tilden de vendepatrias. Eso es algo que ningún otro líder opositor podría hacer sin que su base se fracture.

Pero hay un elefante en la habitación que ningún analista menciona y es clave: los venezolanos que están fuera, los siete millones que se fueron, serán el termómetro del éxito o fracaso de este plan. Si el Plan Marshall funciona y en tres años hay empleo, comida y electricidad, muchos empezarán a regresar. Eso será la mejor propaganda contra el chavismo. Pero si los fondos se desvían, si la transparencia falla, si las mejoras no llegan a los barrios pobres, entonces el regreso no será masivo y la desilusión abrirá la puerta a un populismo de nuevo cuño. Machado no puede fallar en eso, porque el tiempo político es corto y el desgaste de una oposición que promete y no cumple es letal. Por eso, el Plan Marshall no puede ser solo un acuerdo macroeconómico; tiene que ser un plan de territorio, con alcaldes y gobernadores de todos los colores ejecutando proyectos visibles en cada estado, para que la gente toque con sus manos el cambio.

Y no nos engañemos: Estados Unidos no es un socio confiable a largo plazo. Cambia de presidente cada cuatro años y sus prioridades geopolíticas son volátiles. Por eso, el acuerdo debe tener cláusulas de salida y mecanismos de protección para Venezuela si la Casa Blanca decide cambiar las reglas del juego. Un gobierno de Machado tendría que blindar el pacto con un referéndum consultivo en Venezuela, para que sea el pueblo, y no solo el Ejecutivo, el que avale los términos. Eso le daría una legitimidad que ningún acuerdo bilateral puede otorgar y dificultaría que el chavismo lo revierta si algún día vuelve al poder. También sería inteligente diversificar los socios: mientras se negocia con Washington, se puede abrir la puerta a inversiones europeas, brasileñas e incluso chinas en sectores no estratégicos, para que la dependencia de EE.UU. no sea absoluta. La geopolítica del siglo XXI no es de bloques rígidos, y Venezuela puede jugar esa carta si tiene un gobierno hábil y no ideologizado.

El gran temor de quienes se oponen a este plan no es la pérdida de soberanía, sino la pérdida de identidad. Creen que aceptar dinero gringo es aceptar también su cultura, su sistema de vida, su dominio cultural. Pero eso es un error de perspectiva: Alemania recibió el Plan Marshall y hoy es la economía más fuerte de Europa, con una identidad profundamente alemana. Japón hizo lo mismo y conservó su esencia asiática. La clave no está en rechazar la ayuda, sino en administrarla con criterio propio, adaptarla a la realidad venezolana y no copiar modelos extranjeros al pie de la letra. Machado tendría que ser clara en eso: aceptamos los dólares, pero las escuelas seguirán siendo venezolanas, la música seguirá siendo venezolana, la forma de hacer política también. El dinero no compra el alma de un pueblo, y el pueblo venezolano ha demostrado en los momentos más oscuros que su alma es indoblegable.

En el fondo, la discusión sobre el Plan Marshall no es técnica ni económica, es existencial. Es una pregunta sobre quiénes queremos ser cuando salgamos de esta pesadilla. Si preferimos la pureza ideológica en medio de la ruina, entonces elijamos la independencia total y aceptemos el precio: más hambre, más exilio, más años perdidos. Pero si preferimos la vida digna, la posibilidad real de que nuestros hijos vuelvan a tener un futuro en su país, entonces elijamos el pacto incómodo, el que nos obliga a ceder algo a cambio de todo. María Corina Machado, con su coraje y también con sus contradicciones, es la figura que puede caminar por ese filo sin caerse. No porque sea infalible, sino porque tiene la confianza de la calle y el respeto de la comunidad internacional. Si ella logra negociar un Plan Marshall donde Venezuela gane más de lo que pierde, donde los dólares lleguen pero las decisiones finales se tomen en Caracas, donde los intereses de Washington se alineen con los de los barrios sin que estos sean sacrificados, entonces habrá cumplido con la tarea más difícil de la historia democrática de este país. Y si no lo logra, si el acuerdo resulta un cheque en blanco disfrazado de ayuda, la historia no la perdonará. Pero ese es el riesgo de gobernar: elegir entre males y asumir el costo de la decisión. Entre las tres opciones que tenemos, esta es la menos mala. Y a veces, en política, lo menos malo es lo único que puede salvar a un pueblo. Abogado Gustavo Duque Largo  Analista político [email protected]  

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